domingo, 28 de marzo de 2010

Núria Espert ganó el Valle-Inclán

La anécdota la cuenta Adolfo Marsillach en sus memorias "Tan lejos, tan cerca". Fueron él y Ricardo Palmerola, dos actores veinteañeros que por entonces trabajaban en radio Barcelona, a visitar a Enrique Borrás, una gran figura del teatro catalán y español. Borrás sabía que Palmerola lo imitaba muy bien y le pidió que lo hiciese. Y Palmerola lo hizo, según Marsillach "de un modo realmente inmisericorde". Al parecer el viejo actor declamaba los versos "con unos latiguillos espeluznantes" y Palmerola se ensañó. Cuando acabó, Borrás lo miró y le soltó "Si ho fés tan malament com tu, ningú no vindria a veure'm". A Marsillach la respuesta le pareció gloriosa y escribe: "Tenía razón. A Enrique Borrás no se le podía imitar porque era un genio. Y los actores geniales lo son también -o sobre todo- por sus defectos". E hila esta anécdota con otra que le ocurrió haciendo "A puerta cerrada" de Sartre con Nuria Espert y Gemma Cuervo.


Era 1967 y la obra estaba teniendo mucho éxito: hacían dos funciones diarias y se formaban largas colas en la taquilla. Al terminar una de las funciones, le preguntó a Nuria Espert: "¿Tú por qué crees que vienen a vernos?" Y ella le contestó: "Vienen a vernos porque hablamos raro".
Pues eso, Nuria Espert habla raro y es genial. En este enlace la podéis ver con una impresionante Muntsa Rius en "Master Class".

sábado, 20 de marzo de 2010

Roger Bernat se pasa en zemos98



La pocas cosas que he visto de Roger Bernat me han parecido alucinantes. Su teatro-formance, basado en espectáculos cortos con un blanco preciso: reflexionar sobre el público y su condición y sus expectativas, me parece una de las experiencias más serias y talentosas de "lo diferente" -por no llamarlo experimental- en la escena de hoy. No sé si es mejor teórico que autor pero en todo caso, los riesgos que asume están ahí, es una línea muy fina, y en Sevilla pudimos ver pisar esa línea: un gran éxito-fracaso con su provocador espectáculo basado en "Insultos al público" de Handke, "Pura coincidencia". El público aguantó la cola de espera, los 20 minutos de espera en una sala antes de entrar a teatro y unos minutos más también de espera antes de que comenzara "Pura coincidencia". A los veinte minutos ya empezaron a escucharse las primeras quejas, los primeros silbidos y las risotadas. No creo que le estuviese gustando a nadie lo que allí estaba pasando. Porque no pasaba nada, aparentemente. Y todos se aburrían porque no pasaba nada, a pesar de que durante todo el tiempo se advirtiese en una pantalla de que allí no iba a pasar nada. Así que el espectáculo no es un fraude pero ¿adónde va? ¿Es más que una buena idea? ¿Es una vuelta de tuerca demasiado forzada a la reflexión sobre el público? Bernat nos decía: vosotros sois el tema. Luego: sois muy aburridos como tema. Más adelante: ¿os dais cuenta cómo sois? Las expectativas que tenéis de ver un espectáculo no van a ser satisfechas. Y así muchas veces, hasta que empezaron los "insultos al público", muy al final, y la gente se empezó a levantar. Un chaval, de los modernos y poco aseados, que había sentado delante de mí gritó en plan coña: "pues a mí me ha gustado" y media sala se descojonó de la risas. En fin, no sé si a mí sí me gustó pero fue bueno estar allí y ver ese público que intenta analizar Bernat tan real, impertinente y descarnado.

De esto entre otras cosas hablé en el Diario de Sevilla ayer.

viernes, 19 de marzo de 2010

Ellen Terry (Primera parte)


Es Ellen Terry, fotografiada por Julia Margaret Cameron en la Isla de Wight en 1864, sólo tenía 17 años y se acababa de casar con el pintor George Frederick Watts, treinta años mayor que ella. El matrimonio sólo duró unos meses. Estamos en plena época victoriana, Cameron con Oscar Gustav Rejlander y Lewis Carrol formulan en fotografía lo que los prerrafaelitas -entre ellos Watts- en pintura. Lo espiritual y una vuelta a la inocencia y lo natural, una naturaleza sensible que representa al hombre como un ser capaz de alcanzar el estado de gracia por la inspiración; y los grandes temas: la historia, el mito, la alegoría que muestra y persigue la belleza y la inocencia perdida.
Debutó en el teatro así de niña, la foto es de Martin Laroche y la niña Ellen está junto a John Kean, en "El cuento de invierno", una función que también fotografió Carrol, que era amigo de la familia Terry. Sí, es cierto, todo parece una especie de aristocracia intelectual. Más teniendo en cuenta que Ellen Terry se convirtió en la actriz más conocida del teatro anglosajón de esa época, su reinado duró más de 50 años en los que el mismo Oscar Wilde elogió sus interpretaciones en varios sonetos. La verdad es que me encanta imaginarme a Wilde escribiendo en el mismo teatro, tras la función, esos sonetos laudatorios frutos de la emoción por el arte dramático. Pura catarsis.
Pero volvamos a su juventud, en esta foto la vemos con su hermana Kate y la compañía que interpretaba La habitación verde. Tenía alrededor de 20 años cada una y Ellen sigue firmando como Watts, a pesar de que ya convivía con Edward William Godwin, un escándalo, claro.

Las fotos son la National Portrait Gallery que tienen una gran web.

domingo, 14 de marzo de 2010

Así que pasen cinco años en La Fundición

Escribió Lorca "Así que pasen cinco años" en 1931, el mismo año que funda La Barraca. Es un texto que yo llamaría arriesgado por varios motivos pero que tiene, al menos aquí en el sur, la ventaja de ser un Lorca, y eso vende mucho. El texto no tiene una gran elevación y el lenguaje lorquiano le pesa como una piedra atada al cuello pero el planteamiento dramático es un ejemplo de surrealismo puro: infancia, sueños, humor, falta de trama.


Dejo aquí la reseña, pero todo este primer tercio del siglo XX es tan fascinante, en España y en Europa, que volveré pronto a él. Que en menos de quice años se pase de estrenar "El jardín de los cerezos" (1905) a "Divinas palabras" (1920) o "Seis personajes en busca de autor" (1921) y luego se escriban obras como "El público" (1930) o "Los cenci" (1935), es increíble.

Reseña publicada en Diario de Sevilla, de Así que pasen cinco años, por la compañía Manuel Monteagudo. Con Manuel Monteagudo y Amparo Marín.

Y la luz brilla en las tinieblas


Igual que para Gordon Craig el poeta Walt Whitman se había convertido en el único profeta de su religión, para mí, durante mucho tiempo, Lev Tolstói, fue el santo y el maestro que guiaba cualquier tipo de actitud y decisión en mi vida. Su pensamiento complejo pero noble, de comunión con el pobre, de grandeza mediante el trabajo, de voluntad de progreso mediante la educación, de investigación ante las pasiones, y, junto a todo esto, de personalidad impredecible, me cautivaba y me agitaba como una pequeña barca entre grandes olas. Pero dejé de leerlo: un día ya pasé a otra cosa y se acabó. Hasta que hace unos meses me encontré no con una obra suya sino con la coda, el epílogo dramático que Stefan Zweig le coloca a una obra de teatro que el maestro ruso dejó inacabada: "Y la luz brilla en las tinieblas". Zweig en su libro "Momentos estelares de la humanidad" termina el drama autobiográfico de Tolstoi y pone en acción y diálogos las últimas semanas de vida del escritor ruso tal y como se conocen.

Era el año 1910, Tolstoi tenía 82 años y discutía cada vez más con su mujer, que se sentía celosa de todos y por todo -discípulos, campesinos, religión-. El matrimonio frustrado y vejatorio es un tema recurrente en su obra. Pero es tan curioso que todos estén humillados en esta historia. Tolstói finalmente huye y muere en su huida, en una estación ferroviaria. El hombre más famoso de Rusia, el conde, es escritor, el ermiaño, el soldado, el campesino, el intelectual, siempre atento a la obra y los impulsos de sus contemporáneos, aclamado en todo el mundo, murió junto a su hija Alexandra, un discípulo médico y el jefe de estación. Como todo en su vida y su obra, dramático y emocionante.
Y ahora, aunque parezca increíble, un video con todo esto y más.

martes, 2 de marzo de 2010

De Mahagonny a Youkali, un viaje con Kurt Weill en el Lope

Inauguré este blog haciendo referencia a este día, esta noche, y ya ha llegado y ya se fue. Desde hacía unas semanas me había creado una lista de reproducción en Spotify con todas las canciones que encontré de Kurt Weill, el compositor alemán nacido en 1900 y muerto en Nueva York en 1950. En la lista de reproducción te encontrabas desde Micky Ríos con Ana Belén -sí, ellos también, hijo- hasta Louis Armstrong pasando por cantidad de sopranos que habían incorporado a su repertorio clásico los temas de Weill. Después del espectáculo, porque estas reseñas se escriben todas después del espectáculo, en el Diario, me encontré con Pablo J. Vayón que, claro, conocía perfectamente el repertorio del compositor judío, pero con el que entablé un rifirafe porque yo defedía que la interpretación de Vicky Peña era mejor a las de las sopranos que había escuchado, que se mostraban mucho más rígidas. Y Pablo que no, que algunas actúan muy bien, que no son de cartón piedra. Y sí, yo me lo creo pero no como Vicky Peña, no. Él no la ha visto.
Salió al escenario tan sólo con sus gafas de lectura, una camisa blanca, un pantalón negro, el pelo recogido en una trenza, descalza. Había dos direcciones para la luz, la que se proyectaba sobre el piano y la que la iluminaba a ella, sentada en un taburete alto, tras un atril mientras nos contaba la peripecia vital de Kurt Weill. Pero luego se levantaba para interpretar los temas más animados y entonces la iluminaba un cañón de luz y ella se transformaba en todos los personajes de las operetas, comedietas y demás obras de Weill, ya fuese en colaboración con B. Brech o con otros.
Era un prodigio verla porque lo mismo te hablaba como el maki navaja de la "Ópera de tres peniques" que como una vieja sin dientes, que como una niña caprichosa, y era una máscara tras otra y un registro vocal e interpretativo -¡esa mirada y ese gesto!- que cambiaba y te cambiaba el ánimo con una inflexión de voz o una risa o un soplo airado. En fin, como veis me encantó. Y creo que llevaré este espectáculo siempre en la memoria como un momento delicioso. La reseña, en la que hablo de otras cosas, se publica hoy en el Diario de Sevilla.

lunes, 1 de marzo de 2010

La muestra 'El teatro que viene' cierra su octava edición

Resumen de la VIII Muestra El teatro que viene en el Diario de Sevilla.

Y mañana ¡Vicky!



En el Lope, un solo día, acompañada por el piano de Jordi Camell, y con un repertorio de canciones de Kurt Weill traducidas al español.