domingo, 31 de octubre de 2010

"Yo me bajo en la próxima... ¿y usted?", en la Imperdible

El rumor llega hasta mí por Sergio, al parecer en una universidad alemana cuelgan los retratos de algunos ciéntificos galardonados con el Nobel, hasta aquí todo normal, pero en el retrato de nuestro insigne y nunca suficientemente elogiado Ramón y Cajal se ve no al Nobel español sino a su máscara en tve, o sea, Adolfo Marsillach caracterizado de don Santiago. Y seguro que es verdad y que Marsillach conocía el asunto y no dijo nada, incluso estoy dispuesto a pensar que Marsillach dio el cambiazo una tormentosa noche propicia solo para una sopita caliente al Sturm und Drang. Y es que leyendo las memorias -Tan lejos, tan cerca- del actor catalán uno no puede más que asombrarse de esta personalidad genial pero vanidosa y rencorosa hasta el hartazgo. Todo en esas memorias se convierten, por una cosa o por otra, en un ajuste de cuentas, pero la admiración que provoca el trabajo de Marsillach y sus muchos talentos, además de ser testigo y protagonista de casi medio siglo de teatro español, nos impulsa a seguir leyendo.
Marsillach es Cajal y justo antes de Cajal, justo antes del golpe de estado, en 1980, fue el autor de "Yo me bajo en la próxima... ¿y usted?". Le habían encargado una obrita corta para café cantante, que no excediera la media hora y Marsillach hizo un primer borrador de la obra. Tuvo éxito y se animó a escribir una versión larga. El éxito fue inmediato por varias razones:
1.La pareja protagonista eran Concha Velasco y José Sacrisán
2.Era una comedia ligera con números musicales y lucimiento para los actores
3.El tema era la pareja, la separación y la cuestión sexual
4.El texto retomaba todos los tópicos de la educación del régimen desde la humorada



Y todo esto en los años ochenta fue un auténtico pelotazo. Pero Marsillach no estaba contento, pensaba que el protagonismo de los actores le restaba importancia a su texto. Haro Tecglen en su crítica desde El País dijo que literariamente era "teatro menor" y otras cosas bien traídas. Y eso ofendió mucho al autor, claro.
Sigo con la historia: a Sacristán le ofrecen un papel en la La colmena, y como todos sabemos, acepta. El espectáculo se queda sin actor y el propio autor, que reconoce que ni sabe cantar ni bailar, se ve forzado a interpretarlo. Un mal trago porque no volvió a subirse a los escenarios hasta catorce años después.

El Diario de Sevilla me mandó a hacer la crítica de la nueva adaptación que han realizado desde Producciones Imperdibles. Os la pego a continuación.

MARSILLACH Y LA HISTORIA SENTIMENTAL DE LA DICTADURA
Producciones Imperdibles. / Dirección: José María Roca / Actores: Belén Lario y Javier Castro
Viernes, 29 de octubre / Teatro Duque-La Imperdible / Lleno

Escrita originalmente por encargo y como un juguete de apenas media hora para café-cantante, Yo me bajo en la próxima… se estrenó en su estado definitivo en los ochenta y tuvo un éxito arrollador. Sus dos aplaudidos intérpretes, Concha Velasco y José Sacristán, sacaron adelante este espectáculo en el que, a la vez que se repasaba, junto a un piano, la historia musical de la España franquista, se mostraba las incongruencias y shocks que los cambios sociales provocaron en las mentalidades de los españolitos. Así que yo iba al teatro con la idea de ver a dos intérpretes cantando y bailando y con la curiosidad de comprobar cómo se habían salvado los anacronismos, es decir, todas las referencias a productos y personajes de los años de la dictadura que hoy desconoce una parte del público. Pero ni una cosa ni otra. Es cierto que Yo me bajo en la próxima… sigue siendo un espectáculo musical pero los temas sólo acompañan, en sus versiones originales, la acción de los actores; por otra parte, del texto original se han suprimido algunas partes más oscuras o aburridas para el espectador de hoy pero se han mantenido, con algún guiño contemporáneo, el espíritu y las referencias de esas generaciones que se casaron entre los setenta y los ochenta.



Porque esta es la historia de una pareja. Una historia encantadora y cómica y triste, claro. Un hombre y una mujer se conocen en el metro y terminan casados a los treinta días pero –esto no es una sorpresa– nada es como se esperan: el hombre no ha conquistado a una sirvienta virgen ni la mujer a un amable caballero y apasionado amante. A partir de esta línea argumental se van sucediendo sketches en los que los dos protagonistas, ya desencantados, repasan sus andaduras sentimentales. Una fórmula de éxito con un solo riesgo: encontrar la pareja adecuada que cuente la historia. José María Roca ha apostado para su versión por Belén Lario y Javier Castro, una pareja más que solvente que demostró ya su vis cómica en el espectáculo de larga duración Pareja abierta, producida por este mismo teatro. Belén y Javier componen en esta nueva obra la perfecta pareja progre con más matices de los que esperamos, y dibujan con simpatía esa historia sentimental de una generación que asistió a los cambios más radicales de la sociedad española del siglo XX.

La foto de Marsillach de El País.

lunes, 25 de octubre de 2010

"El cerco de Leningrado" en el Lope de Vega

El montaje de "El cerco de Leningrado" que la semana pasada ha estado en el Lope no me ha motivado nada. Me encanta la expresión: no me motiva. Ni me movió en la butaca, ni después volví a pensar en la obra, ni ahora, al fin sentado, soy capaz de poner en pie un par de buenas ideas con las que resumir o comentar el espectáculo.
Un texto para dos actrices, sí. Un texto que dibuja dos mujeres anacrónicas, ancladas con mayor o menor convinción en ideas marxistas, que conviven en un viejo teatro que fue propiedad del difunto marido y amante de una y otra, también. La búsqueda de un libreto por parte de las dos mujeres ("El cerco de Leningrado") en el que piensan está la clave de la misteriosa muerte del marido-amante. El hallazgo del manuscrito, el mundo moderno que se echa encima del viejo teatro en forma de parking, eso también. Y entre tanto muchas escenas, mucho diálogo pero nada, al menos en mi caso, nada de nada. Un par de sonrisas, admiración por algunos momentos de iluminación, y poco más. Las actuaciones planas, tanto como el texto. La dirección en un "dejar hacer" preocupante. Todo está un poco deslavazado, un poco tibio. Todo lo demás, claro, es aburrimiento.
Y tenía ganas de Sanchis Sinisterra porque él es un poco el maestro de todos. No sólo de la Cunillé, de la que hablaba ayer, si no de otros muchos. Y además está ganando la batalla: Beckett, Pinter, Bernhard, Handke, los grandes maestro que defiende y defendió tanto, se asoman en sus discípulos. Pero bueno, habrá que matar al padre, ¿no?

sábado, 23 de octubre de 2010

"Barcelona, mapa de sombras" de Lluïsa Cunillé


Acaba de ganar Lluïsa Cunillé el Premio Nacional de Literatura Dramática por la obra "Aquel aire infinito", estrenada en 2003 y publicada en 2009 por Ñaque. Después del planeta a Eduardo Mendoza -nuestro prosista más teatral al que me he prometido una entrada en El Diablo-, este premio me alegra y me sirve de excusa para volver a otra lectura veraniega: "Barcelona, mapa de sombras". No voy a repetirme pero sí, pasé unos grandes días en Barcelona este lejano verano y me pareció el mejor momento para leer por primera vez a la Cunillé. Quise, lo confieso, ver antes la adaptación al cine de Ventura Pons "Barcelona, un mapa", pero insospechadamente no encontré una copia en "tota la ciutat", qué cosas.
Escrita originalmente en catalán y traducida por la propia autora, "Barcelona..." juega a la decadencia -de lo general a lo particular-: de una ciudad, de un barrio (eixample), de una casa y sus inquilinos. La ciudad penetra en el texto, ahí está el Liceo, el Paseo de Gracia, como elementos dramáticos, en aquel se originó el amor de la pareja protagonista, en el otro ocurrió la tragedia, el dramático y misterioso accidente que acabó un poco con sus vidas: el Paseo de Gracia es tabú, el Paseo de Gracia hay que quemarlo.
Cinco escenas perfectamente equilibradas -en binomios masculino-femenino-, se sucenden en las habitaciones de una casa de huéspedes. El matrimonio propietario aprovecha esa noche para comunicar a sus subarrendados que deben abandonar la casa y, habitación por habitación, la historia va adquiriendo matices, añadiendo la información justa que necesitamos para saber en qué situación estamos: dos viejos en su hora postrera para los que todo ha acabado y por eso se dice tanto como se calla.
Cada uno de los personajes que visitan muestran un tipo de derrota: el guardia de seguridad que nunca será por una lesión el futbolista que soñó ser; la vieja profesora de francés que vive en el mundo de ayer, desfasada y perdida; la inmigrante embarazada que huye sin descanso de cualquier raiz, de cualquier compromiso. Todo es triste y real y muestra la ambigüedad extraña que llevamos dentro. Pero todas estas historias son subtramas a la gran historia, la historia de la pareja: Ella y Él. Se conocieron en El Liceo, él era el portero, ella una aficionada a la ópera, una historia que nace con una mentira y... el que quiera saber más que lea.
Cómo me gustaría verla, se estrenó en la Sala Beckett de Barcelona en 2004, y en el Valle-Inclán este año 2010. Ahí va el trailer:



La foto de L. Cunillé de EFE.

jueves, 14 de octubre de 2010

"Cinco horas con Mario" en el Lope de Vega

Me voy a ahorrar hablar de la novela del maestro Delibes porque supongo que todos recordamos Cinco horas con Mario, como una lectura de primera juventud seductora y amable. Una de esas primeras buenas lecturas que crean afición y se olvidan. Delibes tenía un don para contar historias y narraba con aplicación y pulcritud. Es visible, sin embargo, y el paso de los años lo hace más evidente, que la adaptación que hizo para el teatro es un monólogo demasiado sencillo, con demasidos trucos y fatalmente popular.


La primera actriz que se encargó de subir a escena Cinco horas... fue Lola Herrera y en el recuerdo de muchos amigos es de las primeras y más queridas funciones de su vida. Yo no vi a Lola Herrera dirigida por Josefina Molina pero ayer vi a una buena actriz, Natalia Millán, "compitiendo" con el aura su predecesora y bajo la dirección y las pautas de la misma mujer, Josefina Molina. Entiendo que todo esto es marketing porque ha habido ya otras actrices en este papel, y que una buena forma de vender esta nueva adaptación era vincularla, sin dejar de agasajar a los padres, a la anterior con frases del tipo: "Natalia Millán heredera o sucesora de Lola Herrera", y que la directora fuese la misma. Pero esas son cosas del empresario, aquí lo que importa es el arte dramático que como se sabe es presente y aire.
No sé cuánto durará la aventura de José Sámano (productor), Josefina Molina y Natalia Millán, pero no creo que la vida de este texto -y quizá me aventuro más de lo que debo- tenga buena salud y lo siga viendo representado dentro de veinte años, que efectivamente sí son algo. Basado en ritornelos continuos, la historia es el ajuste de cuentas de María del Carmen Sotillo con su Mario, de cuerpo presente y que lógicamente aguanta el chaparrón -como le recrimina ella misma- sin inmutarse. Carmen vuelve, una y otra vez, a varios episodios del pasado en los que o bien tiene algo que reprochar a su inocente, idealista y poco apasionado -por intelectual, claro, repite ella- marido; o bien tiene palabras de aprovación por las opiniones de su padre y su madre. Por otra parte, su presente está marcardo por el paso a una edad ya madura, por esa falta de pasión y por querer seguir gustando. El mundo femenino enfrentado al masculino, como el de los triunfadores frente a los vencidos o el de los blancos frente a los negros, pautan las opiniones, verdaderamente reaccionarias de María del Carmen, que es retratada por Delibes -con altísimas dosis de ironía- como la mujer española, católica, conservadora, guardiana de las buenas constumbres y los valores, pero que, no podía ser de otra forma, tiene sus humanas debilidades, como por ejemplo, revolcarse por los matorrales con un tercero. Cosas que pasan.


La función tiene un arranque y una conclusión terribles. La esquela iluminada de Mario y las voces fuera de escena del velatorio son una introducción desconcertante, fría y fatalmente resuelta. La conclusión es un pinchazo escénico de ritmo y sentido que le hace salir a uno del teatro de un mal humor que en mi caso, por fortuna, lo arregló una magnífica cena. En medio, todo el mérito es de Natalia Millán que fue lo mejor de la noche por esfuerzo y por técnica. Se contiene lo justo en la vis cómica y en los momentos lúgubres. Me habría gustado quizá más frialdad castellana, más pausas entre frases no en la rapidez de la dicción que es perfecta y quizá más violencia contenida, más rabia contenida incluso en los momentos de humor.

sábado, 2 de octubre de 2010

"En el cenador" de Jane Bowles

Ir de Sevilla a Barcelona para comprar un libro editado en Málaga no tiene nada que ver con la siempre paranóica distribución de nuestros libros ni con los no menos raros movimientos de mercancías con que la globalización nos sorprende; sino más bien con un plan personal de viajar sin libros e ir comprándolos durante el viaje de verano. Así que en la pequeña montaña de libros que saqué de la librería Central de la calle Mallorca de Barcelona se encontraba "En el cenador" de Jane Bowles, un rescate de la editorial malagueña Alfama que, supongo, quiso aprovechar los fastos de no sé qué centenario de los Bowles. Sea como sea qué gran idea y qué gran traducción y qué magnífico libro nos han proporcionado Carlos Pranger (traductor) y la editorial de Coín.

"En el cenador" es una historia fronteriza, entre Estados Unidos y México, entre la juventud y la edad adulta, entre los sueños y la realidad. Es un teatro que nos suena, sureño a lo Tennessee Willians, descarnado con un toque de locura y de subconsciente plenamente asimilado. Gertrude Eastman Cuevas y su hija Molly viven en su casa de la costa californiana. Su mundo se reduce a esa casa y la relación no del todo buena que mantienen. Molly lee en el cenador durante todo el día y se aisla de la presión de la madre y de las decisiones vitales; su madre Gertude desea una vida más cómoda para ella, piensa en volver a casarse, y ansía que su hija madure. Los reproches continuos, los comentarios hirientes pero con la chispa del ingenio más gamberro y la melancolía de un mundo depresivo centrifungan con la llegada de nuevos personajes a la casa, y entonce el ansia por el cambio, los sentimientos encontrados de amor y odio por las personas cercanas, el precipicio que supone la búsqueda del amor y la seguridad, cambiarán radicamente y en apenas un año sus vidas.


Truman Capote en sus "Retratos", publicados por Anagrama hace tanto, habla de la obra y de Jane con verdadera devoción y a los editores de Alfama se les ocurrió reproducir un estracto de esa semblanza en la contracubierta del volumen.


Pero el texto que realmente tiene interés, aparte lógicamente de la obra, es el que sirve de prólogo, apenas tres páginas que Paul Bowles escribió en relación al proceso de creación de la obra y que explica sin ningún apasionamiento el origen (un encargo del producto Oliver Smith, gran amigo de los Bowles) y los problemas de montaje. Una minicrónica de lujo que nos acerca a los miedos y procedimientos creativos de una gran autora.
Aquí os lo dejo, cortesía de Alfama y traducido por Carlos Pranger. De nada.

Prólogo a "En el cenador" por Paul Bowles
Durante varios años Oliver Smith estuvo diciendo a Jane que con su talento para la construcción del diálogo sin duda escribiría una obra de teatro que él pondría en escena.Ella cumplió y él también.
La pieza En el cenador se concibió y se escribió en Vermont y en París. Jane llevó una copia del primer acto a Nueva York y la publicó en Harper’s Bazaar.Una vez terminada, se entregó la obra a Jasper Deeter, director teatral, y se estrenó en el Hedgerow Theater de Moylan, Pensilvania. Después se volvió a montar en Ann Arbor, con Miriam Hopkins en el papel de Gertrude Eastman Cuevas.
En esta época yo estaba en Marruecos, pero se decidió que la puesta en escena en Broadway llevaría un acompañamiento musical que a mí correspondería componer. Así pues,fui a Nueva York,compuse la partitura,la ensayé e hice la gira con la compañía hasta después del estreno en Nueva York.
El reparto de papeles produjo en Jane algo de ansiedad. Tenía claro que quería a Judith Anderson y a Mildred Dunnock para interpretar respectivamente a la señora Eastman Cuevas y a la señora Constable, pero le resultó difícil rechazar a quienes solicitaban papeles secundarios. Uno de los candidatos fue un joven actor llamado James Dean, que aspiraba a hacer el papel de Lionel. En una de las pruebas a Jane le pareció que era demasiado normal, que carecía de la dosis necesaria de angustia.
Su insistencia en que Gertrude Eastman Cuevas exteriorizase síntomas de frustración y neurosis trastornó considerablemente a Judith Anderson. Fue duro para ella aceptar que un personaje patético fuese ridículo y risible al mismo tiempo. La actriz interrumpió los ensayos bastantes veces, diciendo lastimosamente: "¿Quién soy? ¿Quién se supone que debo ser?". Durante los primeros ensayos hubo un director incapaz de decirle a Judith quién era, o incluso de qué trataba la obra, y la presencia en escena de un psicoanalista tampoco sirvió de ayuda. Estábamos ya en Boston,la última escala antes de Nueva York, cuando se llamó a José Quintero para que tomara las riendas del montaje.
Pienso que las dificultades que tuvo Judith se debieron en parte a que no estaba acostumbrada a interpretar papeles cómicos; en este caso no era Medea, sino una madre confundida y bastante histérica, sin la más remota idea de cómo tratar a una hija adolescente, introspectiva y rebelde.
El señor Quintero consiguió tranquilizar a los actores. En ese momento, Jane comenzó a escribir escenas nuevas con verdadero frenesí, e incluso escribió un final completamente inédito, que complació a todo el mundo excepto a Tennessee Williams.Él prefería el original. Al final creó tres escenas finales diferentes. Nunca he conseguido saber cuál es la que prefiero.
La noche antes del estreno en Boston, Jane se quedó despierta hasta el amanecer escribiendo una secuencia completamente nueva para la señora Constable, personaje que acaba amando a Molly e insta a la chica a que rompa las ataduras con su madre y se marche.
Cuando Jane terminó la pieza, la trajo a mi cuarto para que la leyera. Me indigné al saber que se había pasado la noche en vela, escribiendo, pero entendí que estaba satisfecha con lo que había conseguido, y que quería una reacción inmediata. Estas páginas las escribió específicamente para que las representara Mildred Dunnock. A medida que las leía,me di cuenta de que tiene una enorme utilidad el contacto personal entre el dramaturgo y los actores.
Desde que comenzaron los ensayos, Jane estuvo escuchando las inflexiones y cadencias de la forma de hablar de Mildred Dunnock. Al ser perfecto para la actriz, su texto fortaleció el carácter del personaje y pasó a formar parte de la pieza. "Oía la voz de Mildred en mi interior ―dijo Jane―, y escribí esas frases sabiendo que sonarían bien cuando ella las dijera".
Para mí, ésta es la escena más conmovedora y poética de toda la obra.

Además de las fotos de este vídeo os dejo este link para que sigais cotilleando