sábado, 26 de febrero de 2011

"El desarrollo de la civilización venidera" en el Lope de Vega

La programación del Lope es una especie de montaña rusa. Entiendo que hay que cubrir los gustos de la ciudad, incorporar espectadores, hacer, a veces, de tripas corazón pero algunas veces me indigna que el teatro de la ciudad lo ocupen espectáculos que deberían, con orgullo, hacerlo en las salas comerciales. Así que en vez de seguir con el cabreo que me ha producido ver 100 m2, voy a hablar de un montaje y un texto caníbal, la libre adaptación que Veronese ha realizado de "Casa de muñecas" de Ibsen, bajo el nuevo título de "El desarrollo de la civilización venidera", y que tuvimos la suerte suertuda de ver, sí, en el Lope. Entonces estábamos es la parte más alta de la montaña rusa.



Estamos en "Casa de muñecas", quien no la haya leído que lo deje todo y la compre, tiene excelente versión en Cátedra en sus Letras Universales. Estamos ahí, en llevar la obra cumbre -no es mi favorita pero qué obra- de Ibsen al siglo XXI, a nuestros días. Hay que hacer una Nora de hoy, ese es el principal escollo, hay que construir una Nora que entendamos y que nos explique hoy la historia. ¿Que quién es Nora? Uf. Por un lado Nora es una mujer que se ha dejado llevar, a querido ser la débil, el pichoncito, ser cuidada y arropada, es una niña que come golosinas a escondidas. ¿Por qué a escondidas? Porque su marido no quiere que las coma, su marido es el coloso, el que la protege con sus grandes alas; un hombre de éxito, un hombre influyente y rígido, inflexible. ¿Y qué provoca esto? Un juego, una pareja que juega a ser pareja, con unos roles también inflexibles: ella es la muñequita, él es el papá. En difinitiva, son dos desconocidos.


Pero Nora esconde un gran secreto. Nora ha realizado un gran sacrificio oculto a su marido. Asumió una deuda económica de un individuo estigmatizado y va a pagar ese sacrificio. Este es un concepto clave en la obra porque va a llegar el momento en el que Nora va a esperar igual sacrificio por parte de su marido -que olvide su error y se sacrifique por ella- y éste no lo va a hacer. El salto del siglo XIX a nuestros días es reorientar el sacrificio social al sacrificio personal. En el XIX que una mujer abandone a su familia es una bomba; hoy lo es la posesión y la tiranía que el varón ejerce con su violancia física.


Veronese entra en la obra como una corriente de aire que lo tira todo al abrir una puerta -las puertas de esa casa de muñecas-, y coloca a todos los personajes rápidamente en el juego. Es directo: Nora es una mujer hiperactiva cuyo juego continuo se traslada a lo físico, saltos, mímica ininterrumpida; el marido es una mole sobre la que pivota la joven esposa; y el texto, el texto es un prodigio que enlaza la obra de Ibsen con comentarios a la obra de Bergman "Escenas de un matrimonio", un texto plagado de referencias y contextualizaciones contemporáneas. El ritmo es frenético, la escenografía y las relaciones desasosegantes.


Luego se va uno a su casa y piensa un día, y piensa otro, y la obra vuelve, vuelven sus matices, sus pataletas, su incomprensión, su revolucionaria modernidad, su complejidad moral y artística. Lo ha hecho Ibsen, lo ha hecho Veronese. Bravo.

Y aquí tenéis al talentoso en el 2005. No sé, para mí es grande.